Memories and self-identity / Recuerdos y auto-identidad

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Christiansted harbor at dusk, Christiansted, St. Croix, U.S. Virgin Islands (2019)

(Versión en castellano, abajo)

Humans possess the unique ability of crafting stories (and etching those stories in our neuronal wirings). Stories are condensed bits of information all bundled up neatly together for the purpose of easy memory retrieval. Memories do not exist in a vacuum, they’re brought back to light as part of a story. Think about college or high school reunions. When old acquaintances get together after a prolonged hiatus and when asked for an update (a way to find out who the hell you are at this point in time) people will tell a story: the story of their lives.

It’s funny to realize how much we define ourselves as the story of our lives. We identify strongly with what we believe to be our stories and we even let those stories dictate our present feelings. It’s a natural inclination and one that needs not be criticized. Still, I find it intriguing that humans put such a high premium on memories. In reality, besides the entertaining value of those stories or the moralizing value of cautionary tales, our greatly cherished memories amount to very little.

Firstly, memories are made of extraordinarily subjective stuff. We may swear to God that the facts being related are true but it’s well known that the mental assembly of stories is a highly faulty process, one that is frequently biased. Akira Kurosawa’s film “Rashomon” illustrates masterfully how story crafting is highly dependent on the witness: there will be as many stories as witnesses.

Then there’s death, of course. At the moment of death (or even before it, if we suffered from old age dementia or Alzheimer’s disease) all our memories, no matter whether beautiful or traumatic, will be obliterated. Perhaps someone will remember bits and pieces of our stories beyond our own death. But even they will one day die.

Our fascination for remembrance may be a substitution for a less palatable possibility: that memories, good and bad, are our last failed effort to project our egos into the future. It is accurate to say that our stories and our beloved memories will have the same fate as our bodies; dust to dust. And without memories and now fully disembodied, what is out there to hang onto, really? Our soul? I’d say that too is an illusion*

*********

Los seres humanos tenemos una habilidad particular de inventar historias y almacenarlas en el cableado de neuronas que conforman nuestro cerebro. Las historias y cuentos no son más que “bits” de información empaquetados bellamente con el propósito de recrear varios recuerdos. Por lo general, los recuerdos no existen en un vacío, retrotraer un recuerdo ocurre en el contexto de una historia específica. Por ejemplo: las reuniones de reencuentro escolares o universitarias. Cuando un grupo de viejos amigos se reúne luego de un prolongado hiato, la pregunta frecuente es: y que ha sido de ti? (una manera de preguntar quién carrizo eres tú en este momento). Con lo cual el que responde se sentirá en la necesidad de contar su vida.

Es curioso cómo tenemos esta tendencia de definirnos a través de nuestras historias. Nuestra identidad está asociada con cuentos y hasta permitimos que estos cuentos dicten nuestro estado de ánimo presente. Se trata aquello de una inclinación natural y humana, y por lo tanto exenta de crítica. Sin embargo, pienso que estos comportamientos lindan con lo irracional pues ponemos un valor hiperbólico e inmerecido en los recuerdos. Mas allá del entretenimiento, la anécdota o la enseñanza moral, nuestros queridísimos recuerdos llevan un peso específico momentáneo y temporal.

Antes que nada, es importante notar que los recuerdos están hechos de un material extremadamente subjetivo. Podemos jurar ante Dios y las leyes que los hechos que relatamos son la pura verdad pero la realidad es que el ensamblado mental de una historia (o todas las historias, si a ver vamos) es un proceso defectuoso y parcial. Aquella maravillosa película de Amira Kurosawa, “Rashomon”, ilustra cómo un simple acontecimiento genera un número de narraciones igual al número de testigos.

Añádase a esto la muerte, que trae la obliteración de todas las memorias del difunto, recuerdos felices o recuerdos traumáticos. Y ni qué hablar de esa muerte en vida que es sufrir de Alzheimer o de demencia senil. Quizás alguien llevará vivo nuestros recuerdos por un rato después de nuestra propia muerte, pero serán pedacitos solamente y sólo hasta que estas personas mismas se vayan de este mundo.

Nuestra fascinación por la memoria pudiera originarse en ese deseo que tiene el ego de proyectarse en el futuro. Es acertado decir, sin embargo, que el destino de nuestras historias y recuerdos es el mismo que el de nuestros cuerpos; polvo eres y en polvo te convertirás. Sin recuerdos y sin cuerpo, qué nos queda para aferrarnos? Nuestra alma? Yo diría que hasta eso es una ilusión *

2 Comments

  1. Linda foto de Saint Croix, una isla que visité durante mi juventud caribeña. Tu sabio ensayo sobre recuerdos e identidad me ha dejado un sabor agridulce esta mañana patriótica del 4 de julio. Curiosamente esta semana vi en Bordeaux la nueva película de Almodóvar, Dolor y Gloria, que tu texto semánticamente enriquece. Tengo entendido que la película no llegara a Estados Unidos hasta el otoño. Gracias por compartir.

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