The nomadic life / La vida nómada

A sign directing movie goers at LaEmmle Royal movie theater in Santa Monica Blvd., Los Ángeles (2019)

(Versión en Castellano más abajo)

It’s a common occurrence: the modern woman or man faces the prospect of moving home interstate or internationally once or several times during her life. Most of the time, these changes are driven by financial reasons, the promise of a better quality of life. What prompts us to move home? A better remunerated job, a more comfortable job, hopes of a better future or even escaping from uncertain or dangerous circumstances. Or perhaps we are only following our spouse.

Just deciding to take such a leap is a far from trivial. Behind us, we leave the comfort of our known world. Behind us, we leave our network of close friends, relationships that took time and effort to build. Behind us, we leave all our familiar hangouts and beloved places. Behind us, we leave our colleagues and extensive family. Behind us, we leave those comfortable routines carefully assembled through the years.

No man should ever be uprooted. Moving to other geographies is pure trauma, to say the least. Much suffering lies inside a move! Moving is like dying, only that not all the way. And yet, moving is frequently the necessary evil. Opportunities do not usually lie around where we live but far, far away. We are born migrants. We are born with an accent. We are born middle class or just plain poor. We are born in low ceiling houses. We are born with ambitions. We are born with longings. And then, we are to move home again.

The future will likely bring other ways of living. Migrants will become “rara avis” in a few more decades and local living will regain strength and relevance. Economies will turn local and it will just be all the same living here or there. All of that will requires the rise of human consciousness to levels not seen before. Meanwhile, though, we dance to the beat of the times. We will keep going *

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No es inusual que el hombre / mujer contemporánea enfrente, una o varias veces en el transcurso de su existencia, el prospecto de mudarse a otra ciudad u otro país. Por lo general, estos cambios son motivados por razones económicas, léase: la promesa de una mejor calidad de vida. Qué nos hace mudar? Un trabajo más remunerado, un trabajo más cómodo, un trabajo más estable, un futuro más promisorio, escapar de una situación incierta y/o peligrosa. O tan sólo le seguimos los pasos a nuestra pareja.

La decisión de mudarse a otras geografías es lejos de ser trivial. Atrás queda el confort de lo conocido. Atrás quedan los amigos y las relaciones fraternales construidas en los últimos años. Atrás quedan los sitios tantas veces visitados y que habían sido integrados en nuestra psique. Atrás quedan los viejos colegas y la familia extensiva. Atrás quedan las rutinas que tanto esfuerzo costó sintetizar en el tiempo.

Ningún hombre debiera ser sometido al desarraigo. Transplantarse a otras tierras es traumático, por decir lo menos. Cuánto sufrimiento se esconde en una mudanza! Mudarse es como morirse un poquito. Y, sin embargo, es a veces la decisión menos mala. Las oportunidades están donde no estamos. Nacemos emigrantes. Nacemos con un acento. Nacemos refugiados. Nacemos extranjeros. Nacemos clase media o simplemente pobres. Nacemos en un país que se derrumba a pedacitos. Nacemos con un techo bajito. Nacemos con ambiciones. Nacemos con inquietudes y deseos. Y, entonces, hay que mudarse.

El futuro deparará otras modalidades de vida. Los migrantes serán aves raras en unas cuantas décadas más y la vida local será cultivada otra vez. Las economías se harán locales y no habrá mayor diferencia entre vivir acá o vivir allá. Todo ello requerirá el surgimiento masivo de la consciencia humana a una escala aún no vista. Mientras tanto, bailamos al ritmo de la música del momento y seguimos moviéndonos *