Good-bye, books / Adiós, libros

A book collection

A book collection

A collection of books, right before changing hands, Chicago (2020)

(Versión en castellano, más abajo). Constant loss is part of life and the human experience. Everything is fair game, as far as losses go. On short notice, anything can go, forever: our youth, our innocence, a cherished relationship, a loved one, a pet companion, our house, our marriage, our health, our own life. This is such a self evident fact that very little demonstration is needed: the reader should only look at his/her own life to understand this.

Among the losses that can and will afflict humans are those of material things. Losing a material possession can be as unsettling as losing a friend. It all starts when we establish an emotional attachment to the thing. It’s just not the object in itself that we grief, it’s everything that it symbolizes, everything it represents. Among these material things, letting go of books is particularly painful.

I realize that non-readers would not understand the pain of losing a physical book, as a physical book has never been part of their life anyways. Even the newer generations of readers would have problems understanding why such a pain: after all, new readers grew up with e-reading devices around and with the infinite power of Internet access to information and world libraries. Just a couple of weeks ago, 75% of Venezuela’s Universidad de Oriente collection of books burned down to ashes for no identifiable cause. How to explain the horror of this piece of news to someone who has never hold a book in their hands?

Recently, I decided it was time to sell my little Seix Barral books collection of Contemporary Literature. Selling these books should not have been a traumatic, difficult process . After all, I had not read any of these in years and they were just occupying space in a shelf and collecting dust. And yet, as I thought about it, it took years and effort to put this collection together. The books provided me with hours and hours of reading pleasure and I fantasized they would give me more of those hours. The collection traveled with me to three countries and countless cities. Unaware of it, an emotional attachment had been established with these books, over the years. Breaking that attachment is what made the process of letting go so painful. These little books were no longer books, they represented something else: they were long-time companions and a tangible fruit of some remote effort. Riding of fifty little books should not have been a big deal but that proved to be an incorrect premise.

Letting go of books is just another experience of loss, one more practice exercise in the loss of all loses which is the loss of our own life. As such, it might be in our best interest to embrace the experience and learn what it has to teach it. And then move on*

A collection of books

Una colección de libros, justo antes de cambiar de dueño, Chicago (2020)

Las pérdidas forman parte consustancial de la vida humana. Y todo lo que “poseemos” está sujeto a irse. Sin aviso y sin protesto, cualquier cosa puede desaparecer: nuestra juventud, nuestra inocencia, una relación muy estimada, el amor de la pareja, un ser querido, una mascota, el techo que nos cobija, nuestro matrimonio, nuestra salud, la vida misma. Se trata de un hecho vital tan bien establecido, que para muestra un botón: examínese su propia existencia y se entenderá bien lo que aquí se expone.

Entre las pérdidas que aflijen al ser humano se encuentran la de los bienes materiales. En ocasiones, estas pérdidas son tan desvastadoras como la pérdida de un amigo. El problema comienza cuando establecemos una conexión emocional con los objetos. Cuando esto ocurre, la pérdida desgarra. No es tanto la desaparición del objeto en sí lo que nos aflije. Lo que nos duele es la ausencia de lo que el objeto representa y simboliza. Piénsese, por ejemplo, en la pérdida de libros, una pérdida que puede ser particularmente dolorosa.

Quienes nunca han leído en la vida habrán de juzgar la desaparación de unos libros físicos como inconsecuentes. Inclusive los lectores jóvenes probablemente no armarán gran alaraca si experimentan la pérdida de un libro físico: después de todos, los más jóvenes entre los lectores crecieron en la época de los “e-readers” y del acceso ilimitado a las librerías del mundo a través de la Internet. Nomás la semana antepasada, el 75% de la colección de libros de la Universidad de Oriente en Venezuela, se quemó y se hizo cenizas. Cómo explicar el dolor que produce este tipo de noticias a alguien que jamás haya tenido un libro físico entre sus manos?

Recientemente, decidí poner en venta mi pequeña colección de libros de literatura contemporánea de la Seix Barral. Salir de estos libros no debería de haber sido un proceso difícil, traumático o doloroso. Después de todo, hacía tiempo que no leía ninguno de estos libros y lo que hacían era cojer polvo en el estante de mi biblioteca. Al final, sin embargo, salir de estos libros no fue fácil. Y no lo fué pues el mero acto de collecionar los libros, hace treinta y cinco años, tomó un cierto esfuerzo y dedicación. Los libros en sí me otorgaron innumerables momentos placenteros de lectura y yo me ilusionaba con la idea de que aún podrían darme más. La colección viajó conmigo a tres diferentes países e incontables ciudades. Y es así como un apego emocional creció. La colección ya no era solamente un montón de libros viejos : la colección simbolizaba la culminación tangible de un esfuerzo remoto y se había convertido en una compañía silenciosa con los años.  Salir de cincuenta libritos viejos debió de haber sido un proceso fácil pero no lo fué.

Perder libros es solamente una re-edición de la experiencia de perder cosas, lo cual constituye en si misma una práctica de la pérdida mayor, la madre de todas las pérdidas: la pérdida de la vida misma. Como tal, nos convendría aceptar abiertamente la experiencia y aprender lo que tiene que enseñarnos. Y entonces seguir adelante *

 

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